Si hoy me sentara a tomar un té contigo, Jesús, creo que al principio no sabría qué decir. Tal vez me quedaría en silencio, mirándote, porque sé que antes de abrir mi boca ya conoces lo que hay en mi corazón.
Me gustaría contarte lo cansada que me siento a veces, aunque sé que Tú ya lo sabes. Pero necesito decírtelo, como una hija que se recuesta en los brazos de su Padre.
Te diría que hay días en que sonrío por fuera, pero por dentro siento que me falta fuerza. Y que hay momentos en que la fe me tiembla, aunque sigo aferrada a Ti.
Creo que también te daría gracias.
Gracias por cada mañana en la que me has sostenido aun sin yo darme cuenta.
Gracias por perdonarme tantas veces.
Gracias porque aunque yo no siempre entiendo el camino, Tú nunca me sueltas.
Y si tuviera el valor, te preguntaría:
“¿Estoy haciendo bien las cosas, Señor?”
“¿Soy suficiente como madre, como hija, como mujer, como esposa?”
“¿De verdad puedes usar mi vida, aunque me sienta tan frágil?”
Quizás lloraría un poco, pero sé que Tú recogerías cada lágrima con ternura. No me darías un sermón, solo me mirarías con esos ojos que sanan, y me dirías lo que más necesito escuchar:
“Yo estoy contigo todos los días, hasta el fin del mundo.”
Al terminar el té, no tendría todas las respuestas… pero sí tendría paz. Esa paz que solo Tú sabes dar.
Y me iría recordando que, aunque no pueda verte con mis ojos, cada vez que me siento sola, puedo cerrar los míos y saber que ahí estás, escuchando mis palabras, mis silencios y hasta mis suspiros.
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.”
Mateo 11:28

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