Cuando decimos “sí, acepto”, solemos imaginar el matrimonio como un camino tranquilo y estable, lleno de atardeceres, risas y manos entrelazadas. Y aunque esos momentos son muy reales, la verdad es que el matrimonio se parece menos a un paseo por el parque… y más a subirse a la montaña rusa de tu vida.
Las subidas: Momentos en la cima
Hay días en los que estamos en la parte más alta del recorrido: el viento en el rostro, el corazón lleno de alegría y una profunda gratitud por la persona que viaja a nuestro lado. Son esos instantes de logros compartidos, carcajadas que llenan la casa y pequeños gestos que nos recuerdan por qué dijimos “sí” en primer lugar.
Las bajadas: Aprender en los descensos
Pero las montañas rusas no son solo puntos altos. También hay bajadas rápidas y giros inesperados: malentendidos, desacuerdos, días de estrés en los que parece que el carrito se detuvo a mitad del camino. En esos momentos, el matrimonio nos enseña a escuchar más, perdonar con rapidez, dejar el orgullo a un lado y recordar que el compromiso es más fuerte que cualquier discusión.
Decidir quedarse en el mismo carrito
El secreto no está en evitar las subidas y bajadas, sino en decidir que, pase lo que pase, permaneceremos juntos en el mismo carrito. Significa que cuando uno tenga miedo, el otro le extiende la mano; que cuando la emoción es grande, la compartimos; y que en las pausas, aprovechamos para conversar, orar y soñar juntos.
Dios: El diseñador de la pista
En última instancia, el matrimonio no es solo un viaje de dos… es una aventura cuyo diseñador es Dios. Él conoce cada curva, cada subida y cada descenso repentino. Y aunque el recorrido tenga giros inesperados, Su amor es el cinturón de seguridad que nos asegura llegar siempre a salvo.
El matrimonio es emocionante, impredecible y, a veces, un poco aterrador… pero cada vuelta y cada caída valen la pena cuando decidimos vivirlo juntos.
Y tú, en qué parte del recorrido estás hoy: en la cima, en la bajada o tomando aire en una curva?

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