Entre risas, cambios hormonales y muchas oraciones
¿Quién dijo que la preadolescencia era sencilla? Definitivamente, no era madre cuando lo pensó. Hoy quiero contarte un poco de lo que estamos viviendo en casa… o mejor dicho, sobreviviendo.
Mi hija acaba de entrar a esa etapa misteriosa entre la niñez y la adolescencia. No es niña, pero tampoco es “grande” (aunque te lo discute con argumentos dignos de abogada). Y ahí estoy yo, tratando de acompañarla con amor, paciencia… ¡y muchas tazas de te!
Capítulo 1: Las emociones, ese parque de diversiones
Un día se levanta riendo, canta en la ducha, me abraza y me dice: “Mami, eres la mejor del mundo.”
Al siguiente día, entra a la cocina como si fuera una heroína de drama:
“¿Por qué me miras así? ¿Qué hice? ¿Por qué no hay pan de queso?”
Spoiler: nunca hubo pan de queso.
Y yo respiro profundo y recuerdo que su cerebro está haciendo reacomodos. Las emociones están alborotadas, como si alguien hubiera lanzado confeti en una licuadora. Pero aún en medio del caos hormonal, Dios sigue siendo nuestro ancla. Cada noche, oramos juntas, y le recuerdo:
“Dios te hizo con un propósito. No estás sola.”
Capítulo 2: El cuerpo está cambiando… ¡y el clóset también!
“¡Mami, estos jeans me aprietan! ¡Y esa blusa tiene ositos, qué horror!”
Y ahí comienza la batalla por la ropa. Yo, que la vestía con moñitos y florecitas, ahora tengo que negociar con una mini fashionista que cree que su estilo debe reflejar su nueva personalidad (que cambia cada 48 horas).
Aunque extraño su ropita de unicornio, celebro su deseo de expresarse. Le recuerdo que su cuerpo es templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19), que no se define por lo que ve en redes, sino por cómo Dios la ve: hermosa, valiosa y única.
Capítulo 3: Momentos graciosos (o tragicómicos)
Un día, mientras estábamos conversando después de la cena, mi hija me lanza la pregunta bomba:
—“Mami, ¿A qué edad puedo tener novio?”
Yo me atraganté con el té, la miré y le dije con toda la calma posible:
—“Buena pregunta… ¿Ya sabes cocinar arroz sin que se queme?”
Se rió a carcajadas y respondió: “Tienes razón, mejor más adelante.”
La verdad es que en esta etapa se hacen preguntas profundas y también unas que no tienen ni pies ni cabeza. Pero todo eso es parte de crecer. Lo importante es que sepan que pueden hablar con nosotros, sin miedo ni juicios.
Capítulo 4: La fe como guía
En medio de todo, he aprendido que la fe es nuestro mapa. Mi hija no solo necesita consejos, necesita ver que su mamá también busca a Dios. Que cuando no sabe qué hacer, ora. Que cuando se equivoca, pide perdón.
Jesús también fue niño. También creció, aprendió y obedeció a sus padres. (Lucas 2:52 dice:
“Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia para con Dios y los hombres.”)
Así quiero que crezca mi hija. No perfecta, pero sí con propósito.
Y aunque estamos en un viaje de transformación y crecimiento con días buenos y otros más retadores—, verla servir, dar amor y ayudar a otros con su carisma hace de este proceso algo mucho más hermoso. Me recuerda que Dios está obrando, incluso cuando no siempre lo vemos claramente.
¿Y ahora qué?
Pues seguimos en la aventura. Hay días de abrazos largos y otros de portazos. Días de carcajadas y otros de lágrimas. Pero en cada uno, Dios está obrando. Y yo, como mamá, sigo aprendiendo a soltar, confiar y disfrutar cada etapa… incluso esta, que parece una montaña rusa sin cinturón de seguridad.
¿Tienes una preadolescente en casa? ¿Qué momentos graciosos o retos has vivido? Cuéntame, ¡no estás sola! 💕

Leave a comment