Más que vacaciones: una experiencia con Dios

Las vacaciones familiares siempre han sido un tiempo especial para desconectarnos de la rutina, disfrutar de lo simple y fortalecer la conexión con quienes más amamos. Este año, planeamos algo diferente: una semana especial para comenzar a celebrar el cumpleaños de nuestra hija. Queríamos regalarle no solo regalos materiales, sino momentos llenos de amor, diversión y memorias que quedaran grabadas en su corazón.

Desde el principio, el viaje estuvo lleno de emociones hermosas. Visitamos museos que despertaron nuestra curiosidad, parques donde reímos a carcajadas y compartimos meriendas, y hasta fuimos a un show en vivo que ella disfrutó como nunca. Ver su rostro iluminarse, escuchar sus comentarios emocionados y tener a mi esposo a mi lado en cada paso hizo que todo valiera la pena.

Cada día era especial por sí mismo. Estábamos viviendo exactamente lo que habíamos soñado: tiempo de calidad en familia, lejos de la rutina y más cerca de lo que realmente importa. Pero lo más sorprendente aún estaba por venir.

Una noche, después de una cena familiar increíble, decidimos dar un paseo por el centro del pueblo. El ambiente era perfecto: luces suaves, música a lo lejos, y una paz que nos envolvía. Fue en ese momento cuando unas personas se nos acercaron y nos preguntaron con amabilidad:

“¿Podemos orar por ustedes?”

Aceptamos con gusto, sin imaginar que esa oración sería una respuesta celestial. A través de esas personas, Dios comenzó a hablarnos con una precisión y ternura que solo puede venir de Él. Mencionaron peticiones y situaciones que solo nosotros conocíamos como familia… y por supuesto, Dios.

Fue un momento profundamente conmovedor. Las lágrimas salieron sin pedir permiso. Sentimos que el cielo se abrió justo allí, en medio de una calle común, para recordarnos que Dios nos escucha, nos ve y nos ama profundamente.

Después de esa noche, nuestro viaje tomó otro tono. Seguimos disfrutando cada plan, pero con un gozo más profundo, con la certeza de que no estábamos solos y de que nuestras oraciones no habían sido en vano. Nuestra fe se fortaleció, y la celebración del cumpleaños de nuestra hija se convirtió también en una celebración espiritual para todos nosotros.

Estas vacaciones nos enseñaron que Dios no espera a que estemos en una iglesia para hablarnos. Él aparece en medio de un show, de una caminata, de una cena familiar… cuando menos lo esperamos. Solo basta tener el corazón abierto.

“Clama a mí y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.”

— Jeremías 33:3

Así, esta semana especial se transformó en mucho más que unas simples vacaciones: fue un encuentro con Dios, un regalo inesperado que jamás olvidaremos.

Estás cultivando momentos con tu familia donde Dios pueda revelarse de forma inesperada?

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